Paso 3: Quien no tiene posición, acepta lo que otros deciden
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Por Irene Matías, Socia Directora de Advocacy Academy
Hay organizaciones que dedican semanas a redactar un documento de posición impecable: cuarenta páginas, todas las referencias normativas, todos los matices técnicos cubiertos. Y sin embargo, cuando llega el momento de defenderlo ante un decisor, ante un socio sectorial o ante la prensa, cada persona de la organización dice algo ligeramente distinto.
El documento estaba bien escrito. El problema es que un documento no es una posición.
¿De qué sirve un argumentario perfecto si nadie dentro de la organización tiene claro, antes de salir a hablar, qué línea no está dispuesta a cruzar? Esa es la pregunta que obliga a responder el tercer paso de la metodología.
Posicionarse no es escribir. Es decidir.
Muchas organizaciones elaboran informes extensos que casi nadie lee hasta el final. Posicionarse implica algo más incómodo que redactar: decidir qué se defiende sin concesiones, qué se puede negociar según el interlocutor, y qué se está dispuesto a sacrificar para proteger lo esencial.
En sectores complejos —con sindicatos, asociaciones sectoriales, administraciones y competidores alrededor de la misma mesa— la claridad interna importa más que la retórica externa. Una organización presente en varios mercados que no ha resuelto esta pregunta internamente acaba, tarde o temprano, defendiendo posiciones distintas según quién hable y desde qué oficina. Y basta una contradicción pública para que la credibilidad construida durante meses se vuelva cuestionable.
Quien no tiene posición, acepta lo que otros deciden.
Tres preguntas antes de hablar con nadie
Construir una posición sólida exige responder tres preguntas antes de escribir una sola línea de comunicación externa. La primera:
¿qué es innegociable? — el principio o el resultado que define la misión de la organización y que no se cede por conveniencia táctica.
¿qué es negociable? — los aspectos técnicos, los plazos o el formato concreto de la medida, donde hay margen real para ceder sin comprometer el fondo.
¿qué se sacrifica? — qué frente secundario se está dispuesto a perder para concentrar toda la credibilidad y todos los recursos en el punto que de verdad importa.
Sin esas tres respuestas resueltas internamente, cualquier mensaje externo —por bien redactado que esté— se sostiene sobre un equilibrio frágil.
Un ejemplo: una coalición digital ante la Ley de Transparencia Algorítmica
Imaginemos una coalición de organizaciones —juristas, tecnólogos, asociaciones de consumidores y entidades del tercer sector— ante un problema concreto: más de sesenta administraciones públicas españolas usan ya sistemas de puntuación automatizada para asignar ayudas y prestaciones, y en la mayoría de los casos el criterio de decisión no es público. El AI Act europeo obliga a adaptar el marco normativo antes de agosto de 2026, y España todavía no tiene una hoja de ruta aprobada.
Frente a esa ventana regulatoria, la coalición podría haber optado por un argumentario extenso que cubriera cada matiz técnico del reglamento europeo. En su lugar, resolvió primero su posición: lo innegociable era el derecho de cualquier ciudadano a un recurso efectivo frente a una decisión automatizada que no puede examinar ningún juez ni ningún funcionario. Lo negociable era el mecanismo concreto de auditoría y su calendario de implementación. Y lo que se sacrificó, al menos en la primera fase, fue exigir la prohibición total de estos sistemas —una postura más radical, pero con muchas menos probabilidades de convertirse en ley antes del plazo europeo.
Con esa posición ya resuelta internamente, la petición pública se redujo a una sola línea: la aprobación de una Ley de Transparencia Algorítmica en la Administración Pública antes de que venza el plazo de transposición del AI Act, con auditorías independientes y derecho de recurso efectivo. Cuarenta y una organizaciones firmaron ese mismo mensaje, sin matices distintos según quién lo pronunciara.
¿Habría sido posible ese respaldo unánime sin haber decidido antes, puertas adentro, qué se defendía y qué se dejaba para más adelante? La experiencia de coaliciones amplias dice que no: cuantos más actores participan, más necesario es cerrar la posición antes de abrir la boca.
El resultado no es un argumentario. Es una línea que no se cruza.
El error más frecuente en esta etapa es medir el éxito por la solidez técnica del documento de posición: cuántas fuentes cita, cuántas páginas ocupa, cuántos escenarios contempla. Ese no es el objetivo. El objetivo es que, cuando cualquier persona de la organización —en cualquier mercado, ante cualquier interlocutor— tenga que responder en caliente, sepa exactamente qué puede ceder y qué no.
Una posición bien resuelta no elimina el conflicto ni garantiza el resultado. Lo que hace es evitar que la organización se contradiga a sí misma en público, que es, en la práctica, la forma más rápida de perder la credibilidad que la inteligencia y la priorización ya han construido.
Priorizar decide dónde mirar. Inteligencia decide cuándo moverse. Posición decide, antes de que nadie lo pregunte, qué se está dispuesto a defender y qué no.
En Advocacy Strategy ayudamos a las organizaciones a resolver esa pregunta puertas adentro, para que cuando llegue el momento de hablar hacia fuera, hable una sola voz.




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